La tranquila población de Gastona fue asolada, unos 85 años atrás, por un grupo de “seres sobrenaturales” con veleidades terrenales: hacían desaparecer prendas de vestir y aves de corral. Durante varias jornadas, los pobladores de la localidad cercana a Concepción eran sorprendidos por el accionar de los “fantasmas”.

Según la crónica del 3 de junio de 1930, “no faltó vecino que al levantarse de madrugada se encontró que en el gallinero no estaban completas las aves; al principio creyeron en un voluntario cacareo de rebelión con su consiguiente fuga independizadora”. Pero con el paso de los días se notó que “la actitud gallinesca lograba caracteres de éxodo general, sin llegarse a saber hacia qué punto encaminaban los fugitivos sus bípedas e implumes naturalezas”. Los habitantes comenzaron a ponerse en guardia sin encontrar a los responsables en primera instancia y más aún “las prendas de vestir de los vecinos iniciaron un viaje al éter, evaporándose al menor descuido de sus propietarios”.

Todos alertados, se pusieron a vigilar cada centímetro de la zona. Ante la falta de resultados se dirigieron al comisario Frontini (así, a secas y sin nombre) para buscar una solución. El funcionario no desconfiaba de sus vecinos y les aseguró: “Vean amigazos, esos son los fantasmas”. El espanto se extendió y los rezos crecieron astronómicamente, pero la multitud consultó “por qué quiere el fantasma gallinas y ropa, si no necesita comer ni vestirse”. Pero Frontini no cambió de opinión a pesar de que había enviado policías a investigar los hechos.

La “liga galliófila” -creada por los vecinos- dio algunos resultados: detectó que Jovino Talavera podría tener alguna relación con los fantasmas. No fue atrapado con las manos en la masa, pero sí con algunos elementos desaparecidos. No obstante ello, el comisario mantuvo su posición fantasmal y dejó libre al acusado. Las cosas siguieron desapareciendo y Frontini llegó a realizar reuniones espiritistas para exorcizar el lugar.